La Doctrina de Dios

Por el Dr. Ricardo “Dick” Mercado

Pastor Emérito de la Iglesia Evangélica Mexicana de Phoenix, AR. y Director General de la Mexican Gospel Mission

La creencia en la existencia de Dios es prácticamente universal. Aceptar que Dios existe, y que un día el hombre tendrá que dar cuenta a su Creador es un conocimiento intuitivo que Dios ha puesto en el corazón del ser humano.

Dios ha obrado en los hombres para que se “ocupen en él,” habiendo “puesto eternidad en el corazón de ellos” (Eclesiastés 3:10-11).

La Biblia despide al ateo quien se atreve a negar la existencia de Dios con una sencilla y breve palabra, “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Salmos 14:1). El ateo, según este texto bíblico, es necio. El corazón de su problema, es el problema de su corazón. Es con un corazón entenebrecido por el pecado y Satanás que avienta en la faz de su Hacedor su descarada incredulidad (2 Corintios 4:4).

No es que el ateo disfrute de un intelecto superior o de grandes ventajas académicas. Bien se ha dicho, “No hay peor ciego que el que no quiere ver.” Las más elocuentes e innegables evidencias de la realidad de Dios abundan por todo el vasto universo. El Salmista exclama, “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19:1).

No hay lugar donde no se dejen ver las pisadas divinas. Las montañas con sus innumerables rocas… son los pensamientos de Dios en piedra. Diez mil bellos y fragantes lirios alfombrando los campos… son los pensamientos de Dios en flor. El rocío de una fresca y hermosa mañana… refleja los pensamientos de Dios en perlas. Ah, sí, pero el corazón del incrédulo cubre sus ojos a esas evidencias. ¡No las quiere ver!

Como consecuencia, el apóstol Pablo ha escrito, “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles” (Romanos 1:18-23).

Vale repetirse: solamente un corazón empedernido y entenebrecido por el pecado rehúsa reconocer que el diseño que tan claramente es reflejado en el mundo, exige la existencia de un gran Diseñador. Una creación infinita demanda, a la vez, que haya un Creador infinito.

Los evangélicos fundamentalistas predicamos la Palabra de Dios, asumiendo que Dios existe y “Que es galardonador de los que le buscan” (He. 11:6); que ha existido desde el eterno pasado, y que seguirá existiendo por siglos sempiternos. La bendita Palabra de Dios comienza con las majestuosas palabras, “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Y cuando este mundo, como lo hemos conocido a lo largo de los siglos, se acabe, para dar lugar a cielos nuevos y tierra nueva (Apocalipsis 21:1), Dios seguirá igual y eterno en su Persona. Los árboles del bosque serán desarraigados en el último huracán; los mares se acabarán, al llorar sus olas hasta secarse en aquel día final; las estrellas caerán del cielo sobre la tierra, “como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento”; el sol cerrará su ojo de fuego, se vestirá de luto, y ya no dará más su luz…PERO EL DIOS VIVO Y VERDADERO NO SE ACABARA. Es, y siempre será, el Dios eterno, el mismo ayer, hoy, y por los siglos de los siglos. ¡Aleluya!

El autor humano de un libro no se esfuerza por demostrar su propia existencia; sencillamente escribe su nombre en su libro como el autor, y lanza su libro al mundo. Así también Dios ha escrito su Nombre sobre la primera página de la Biblia—“EN EL PRINCIPIO… ¡DIOS!” (Génesis 1:1). Y a través de todo el Sagrado Libro tenemos que reconocer su existencia.

A lo largo de las siglos los hombres han deseado saber qué clase de ser es Dios. Han dicho, “Muéstranos al Padre, y nos basta.” El ser humano ha querido saber a qué se parece Dios, cómo se siente Dios para con sus criaturas y cuáles son sus atributos.

Alguien ha dicho que la Biblia revela a Dios, pero esta no es la mejor revelación. La creación (o la naturaleza) revela a Dios, pero esta no es una revelación completa. Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, es la única revelación completa y perfecta del Padre celestial. El dijo, “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Además, nuestro Señor Jesucristo en su oración intercesora en Juan 17 dijo, “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”

No se puede enfatizar lo suficiente la importancia de la doctrina de Dios, el conocimiento de Dios, y la experiencia personal de Dios por medio de Cristo, el eterno Dios Hijo venido en carne a este mundo.

En cierta ocasión, un gran expositor expresó estas cosas de esta manera:

El ateo asevera que no hay Dios.

El agnóstico dice que él no puede saber si

hay un Dios o no.

El materialista se jacta de que él no

necesita un Dios.

El necio mundano quisiera que no

hubiera un Dios.

El cristiano responde que él no puede

vivir sin Dios.

LA PERSONALIDAD DE DIOS

Al considerar más ampliamente la doctrina de Dios hacemos bien en enfocar, en primer lugar, en la personalidad de Dios. Dios exhibe siempre características de personalidad. En la Biblia Dios es presentado como una persona, con intelecto, emociones, voluntad, razón e individualidad. Dios es una persona y no sencillamente una fuerza o influencia. Dios es la Persona que creó todo lo que existe, pero es independiente y separado de su creación.

El panteísmo mantiene que el universo es la manifestación de la siempre cambiante sustancia universal, la cual según esa enseñanza falsa, es Dios; y por lo tanto, todas las cosas que existen son Dios. “Dios es todo, y todo es Dios.” De esta manera el panteísmo confunde a Dios con la naturaleza, la materia con el espíritu, y al Creador con todo lo que El ha creado.

Al contrario, la Biblia, enseña que Dios es personal y que puede ser conocido por el hombre. La salvación bíblica abarca una relación personal entre Dios y el hombre. Si Dios no fuera una persona, no se podría disfrutar de la comunión con El. Una mera influencia o fuerza no es capaz de sentir o comunicar amor hacia las personas. Dios sí puede amar y salvar a todos los que le buscan.

A través de sus páginas, la Biblia le otorga a Dios pronombres personales. Además, el gran nombre que se le da a Dios en Éxodo 3:14, “YO SOY EL QUE SOY,” le atribuye existencia eterna y personalidad. Estas palabras significan “YO SOY, YO FUI, YO SERE”, y corresponden claramente con la declaración del Nuevo Testamento, “Señor Dios Todopoderoso, el que eres y que eras y que has de venir…” (Apocalipsis 11:17).

DIOS ES ESPIRITU

San Juan 1:18 dice, “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” Un comentario en la Biblia anotada por Scofield explica, “Ningún ser humano en este mundo ha contemplado jamás la divina esencia, Dios, en sus tres personas; pero los hombres sí han podido ver a Dios encubierto en forma angélica y, especialmente, encarnado en Cristo Jesús (Génesis 18:2; Juan 14:8,9).” Dios es una Persona, pero en su esencia es un espíritu, sin cuerpo físico.

Hay religiones que insisten que ya que las Escrituras hablan de la mano de Dios, los ojos de Dios, los brazos de Dios, que basado en tales expresiones tenemos que aceptar que Dios es un Hombre Exaltado y que tiene aspectos corporales como nosotros. ¡NO! La Biblia también le da a Dios alas y plumas cuando el Salmista expresa una promesa de abrigo y protección divina, “Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro…” (Salmos 91:4). ¿Pero quién se atreve enseñar que Dios es un pájaro? No. Cuando la Biblia habla de un Dios con ojos, brazos y hombros, estas sencillamente son expresiones antropomórficas que se usan para ayudarnos a comprender mejor como es Dios y como nos quiere cuidar y servir.

DIOS ES TRIUNITARIO

No sería justo dejar el tema de la personalidad de Dios sin mencionar la doctrina bíblica de la Trinidad.

Volviendo una vez más a las sublimes palabras de Génesis 1:1, tenemos la palabra que se usa de Dios, Elohim, y que se traduce “Dios” en castellano. “Es un nombre que encierra pluralidad en la unidad, y está formado por El, “poder” o “el que es poderoso”, y Alah, que significa “jurar”, “comprometerse a si mismo por medio de un voto,” e implica, por lo tanto, la idea de fidelidad. La unidad y pluralidad que este nombre involucra se afirma directamente en Génesis 1:26 (pluralidad), y en el versículo 27 de este mismo capítulo (unidad). Véase también Génesis 3:22. Así es que la Trinidad se halla, en forma latente en el nombre Elohim” (Biblia anotada por Scofield, p. 1).

La verdad de la Trinidad no fue descubierta por el hombre sino revelado por Dios al hombre. Contrario a las acusaciones de varias religiones, los Evangélicos Fundamentalistas no adoramos a tres dioses. No somos idólatras. Conocemos y servimos al Dios único y verdadero, quien la Biblia nos enseña existe eternamente como una unidad. Dios es uno en pluralidad. Dios se manifiesta como Padre, Hijo, y Espíritu Santo. Aceptamos el misterio de esta enseñanza bíblica, no porque podamos entenderlo intelectualmente, sino porque sobran indicaciones bíblicas innegables de que así como hay dos naturalezas en Jesucristo—El es plenamente Dios y al mismo tiempo plenamente hombre—(¡una maravilla incomprensible!) así también la Biblia nos presenta un solo Dios, en tres Personas, pero representando una sola Deidad.

En la fórmula bautismal (Mateo 28:19) tenemos una de las más claras evidencias de la Trinidad. La unidad de la Deidad es reconocida por el uso del nombre singular—“En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.” No dice en “los nombres de,” sino un solo nombre para los tres, como si tuviéramos sencillamente tres designaciones para una sola Persona. Padre, Hijo y Espíritu Santo unidos, en un sentido sumamente profundo al participar de un solo Nombre. Al usar ese “Nombre” los discípulos llegaron a conocer que aquel sublime nombre del Antiguo Testamento, Jehová, ahora sería conocido como Padre, Hijo, y Espíritu Santo.

Fue en el bautismo de nuestro Señor en el Jordán que se dejó conocer la voz del Padre, la obediencia del Hijo, y la manifestación del Espíritu Santo en forma de paloma—una manifestación elocuente de la Santísima Trinidad.

Sobran indicaciones trinitarias diseminadas por el Antiguo Testamento así como por el Nuevo. Quizá uno de los textos bíblicos citados con mayor frecuencia en nuestras iglesias evangélicas y fundamentales es la hermosa bendición apostólica, con la que muchas veces concluimos nuestros cultos congregacionales, “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios, y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros. Amén.” (2 Corintios 13:14). Las tres bendiciones divinas superlativas aquí se unen y se distribuyen por las tres benditas Personas del Dios Trino.

No pocos esfuerzos se han hecho por ilustrar o quizá iluminar en forma limitada, esta profunda verdad de la Persona de Dios.

El hombre, por ejemplo, es un ser triuno, compuesto por espíritu, alma y cuerpo (I Tesalonicenses 5:23). (Sin embargo, no hay tres seres humanos que sean una sola persona.) En la naturaleza, el universo refleja tierra, cielo y mar. La atmósfera está compuesta de luz, aire y calor. La materia misma es sólidos, líquidos y gases. El agua existe como vapor, hielo y líquido. Mi compañera es una sola mujer, pero a la vez, es madre de sus hijos, es hija de mi suegra, y es mi esposa.

Estas son pálidas ilustraciones, sugestivas quizá pero imperfectas, ya que es imposible describir por medio de cosas materiales las más profundas verdades relacionadas con las tres Personas que forman la Deidad. Siendo esencialmente única en su género, la Trinidad es algo que nosotros no seríamos capaces de comparar o ilustrar con perfección o a completa satisfacción.

Haremos bien en sencillamente postrarnos ante nuestro Trino Dios y exclamar con los serafines de Isaías 6, “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (v.3).

Alguien ha dicho, “así como hay un solo Dios, que subsiste en tres Personas, que nosotros siempre seamos hallados dando igual reverencia, amor y obediencia a las tres benditas Personas:

Obedezcamos al Padre así como lo hizo su Hijo Amado (Juan 4:34);

Obedezcamos al Hijo, dándole a Él, el beso de obediencia (Salmos 2:12);

Obedezcamos al Espíritu Santo del cual dependemos (Hechos 5:1-5; 26:19).

LOS ATRIBUTOS DE DIOS

Un limitado estudio de la doctrina de Dios nos da lugar solo para identificar brevemente algunos de los atributos naturales y morales de nuestro Dios. Bien se ha dicho, “Declarar Su Persona y la suma total de Sus atributos, constituiría una definición completa de Dios que el hombre nunca podría esperar realizar.” Sin embargo, podemos citar textos de las Sagradas Escrituras que enfatizan la Omnisciencia de Dios. Dios tiene perfecto conocimiento de todas las cosas: las del pasado, del presente y del futuro. El ve y conoce todo (Juan 3:20; Salmos 139:1-6; Salmos 147:4; Mateo 10:29).

La Omnipotencia de Dios afirma que Él, en verdad, es Todopoderoso. Tiene poder para realizar todo lo que sea su voluntad (Jeremías 32:17-18). Sí, hay ciertas cosas que Dios no puede hacer, y éstas son imposibles para El porque Dios no puede obrar contrario a Su naturaleza. Dios no puede mentir, pecar o negarse a sí mismo. No puede ser infiel. Pero aparte de esto, la palabra “imposible” no se encuentra en el vocabulario de Dios—¡alabado sea Su Nombre!

La Omnipresencia de Dios significa que el está en todo lugar, en todo momento (Salmos 139:7-12; Jeremías 23:23, 24; Job 22:12-18). Esto no quiere decir que Dios está presente en todo lugar en el mismo sentido, ya que la Biblia nos dice que Dios está en el cielo, “el lugar de tu morada” (I Reyes 8:30), y que Cristo está a la diestra del Padre en el cielo (Efesios 1:20). La omnipresencia de Dios y la inmensidad de Dios son parecidas, siendo la diferencia que su inmensidad llena el espacio, mientras que su omnipresencia llena toda la creación (Jeremías 23:24).

Además, Dios es Inmutable, lo cual asegura que su la naturaleza nunca puede cambiar. Es imposible que Dios tenga un atributo alguna vez que no lo tenga en otra vez. Dios es el mismo para siempre y eternamente — ¡ayer, y hoy, y por los siglos sempiternos!

Los atributos morales de Dios incluyen su Santidad, cuyo atributo quizá sea aquel que Dios mismo quiere que más asociemos con El.

La idea básica de la palabra “santo” tanto en el Antiguo como el Nuevo Testamento, es separación. Dios es un Ser separado. Primero, Dios es separado de sus criaturas puesto que, como Dios, se encuentra exaltado, muy en alto, por encima de ellas en gloria infinita y trascendente majestad. El profeta Isaías dio énfasis a esto cuando declaró, “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: yo habito en la altura y la santidad…” (Isaías 57:15). La santidad de Dios se asocia con esa posición elevada. Es lo que le aparta sobre toda su ceración (Éxodo 15:11; I Samuel 2:2). Además de ser separado, único e incomparable en su posición de exaltación, Dios es santo en el sentido de ser separado de toda iniquidad e impureza. El Dios tres veces santo no puede pecar, no puede asociarse con pecado alguno, y el profeta Habacuc dice que Dios es tan moralmente santo y puro que ni aun puede mover sus ojos para mirar el pecado (Habacuc 1:13).

Nuestro Dios es santo en lo absoluto. Aborrece el pecado (Levítico 19:2). El es “magnífico en santidad” (Éxodo 15:11). Así como su poder lo hace grandioso, su santidad lo hace glorioso.

La santidad de Dios es el patrón y la norma divina para la conducta de los hijos de Dios. “Sed santos, porque yo soy santo” (I Pedro 1:16). El apóstol Pablo nos exhorta que nos vistamos “del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:24). La disciplina fiel que Dios mantiene sobre sus hijos tiene, como propósito provechoso, que los creyentes “participamos de su santidad” (Hebreos 12:10).

Es notable que este atributo de santidad pertenezca a las tres Personas de la Trinidad: Dios Padre es el Santo de Israel (Isaías 41:14). Dios el Hijo es el Santo (Hechos 3:14); y el Espíritu de Dios es el Espíritu Santo (Efesios 4:30). El himnólogo nos dejó unas hermosas y muy útiles estrofas para nuestra adoración del Trino Dios:

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Señor Omnipotente,

Siempre el labio mío loores te dará.

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Te adoro reverente

Dios en tres personas, bendita Trinidad.

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Por más que estés velado,

E imposible sea tu gloria contemplar,

Santo Tú eres solo, y nada hay a tu lado

En poder perfecto, pureza y caridad.

Reginald Heber (Trad. Por J. B. Cabrera)

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Un día será el himno de un universo redimido. ¡Señor, apresura aquel bendito día! ¡Y mientras tanto, ayúdanos a vivir y servirte a la luz de tu perfecta santidad y tus múltiples misericordias para con nosotros! Amén.

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